La respuesta del cielo

Escribí este relato corto en el año 2009. Espero que os guste.


La Respuesta del Cielo

Miré al cielo azul desde la ventana del autobús pensando que en unas horas me encontraría en él, me dirigía al aeropuerto ya que a las 15.30 horas despegaba rumbo a La Habana.

Para mí era otro viaje más de los que he realizado siendo Tripulante de Cabina de Pasajeros. Este era un “poco especial” ya que allí iba a reunirme con los familiares de unos vecinos míos, cubanos exiliados en Madrid, que me habían entregado unas cosas para llevar aprovechando mi fugaz estancia.

Sólo estábamos veinticuatro horas y básicamente uno se dedica a dar un paseo, estar en la piscina, comer y descansar para el vuelo de vuelta que abarca toda la noche.


La Habana se extendía majestuosamente abandonada a su destino en manos del tiempo desde mi habitación en el piso catorce del Meliá Cohíba, eran las nueve de la mañana y me acababa de levantar. Hoy estaba allí y mañana de vuelta en Madrid.

Era consciente de que desplazaba por la vida a una velocidad que no me permitía ver nada, donde los segundos no eran segundos perdidos eran segundos no vividos.

Estaba demasiado obsesionado con encontrar algo que no hubiera que mejorar después, siempre pensaba en el mañana, puesto que lo vivido hoy nunca era suficiente, siempre estaba inacabado. Me sentía tremendamente perdido en un océano de espejismos que siempre arrojarían una imagen difusa, mis ojos eran la lente imperfecta de lo que mi corazón y mi alma absorbían.

En Cuba “el Ché” era odiado y venerado a partes iguales pero yo verdaderamente necesitaba ideas revolucionarias, debía “crear un hombre nuevo usando una nueva técnica” que para mí hasta entonces, era totalmente desconocida.

Ella surgió en mi vida como una pequeña palabra que da sentido a mil frases, ella era una voz clara que susurraba en medio de la noche. Mi mente hasta entonces era como un inmenso avión, generando ruido con los motores a plena potencia, el aire que ella exhalaba simplemente no llegaba a mis pulmones.

Ella hizo que los segundos no importaran, que sólo el tiempo a su lado si lo hiciese.

Y precisamente ese día, sin yo saberlo, me disponía a conocerla.


Quedé con ella a las diez y media de la mañana para entregarle lo que había traído, nos encontramos al lado del hotel Habana Libre, desde aquel primer momento en el que empezamos a hablar pude percibir que ella era diferente.

Había crecido dentro de una burbuja en el espacio-tiempo, su mente y su vida no latían al mismo ritmo.

Esta ciudad perdida había creado muchas rosas extintas en otros lugares, pero también rodeadas de las espinas de la carencia, el engaño y las ambiciones encubiertas.

Mi vida se desangraba víctima del negativismo que me azotaba, la suya no se aferraba a un momento, un pensamiento o una idea premeditada, allí era simplemente imposible.

Yo había experimentado muchas cosas y visto lugares que otros muchos jamás verán, pero en cada lugar había dejado un fragmento de mi ser.

Ese puzzle inacabado no podía ser recompuesto de nuevo, estaba inundado por un mar de nostalgia, y esas piezas flotaban a la deriva.

Pensaba que iría más lejos, pensaba que sería otra persona y continuamente me preguntaba dónde se habían ido todos esos anhelos.

Estaban prisioneros dentro del marco de las fotos que veía con frecuencia.

Pasamos el día en la piscina, luego comimos y charlamos durante todo el día. Ella tenía otra visión de mi mismo que yo no percibía, se sorprendía de que no fuera una persona con una vida estable o que no estuviese comprometido con algo.

Llegó la tarde y pensé que era hora de despedirnos, pero no pude hacerlo, no sé por qué, una fuerza desconocida me incitaba a no abandonar sus palabras en otro lugar olvidado, su positivismo, sus ganas de vivir y su suave voz habían conjugado un atisbo de paz en mi ser.

Pero ineludiblemente llegó el momento de separarnos, yo debía regresar esa misma noche.


Tardé varios meses en regresar por La Habana, incluso se me pasó por la cabeza la idea de no volver a verla, supongo que fué el voraz monstruo del tiempo, ese que divide la luz hasta convertirla en pequeños átomos intermitentes.

La vida pone en tu mano un puñado de arena de mar donde apenas se pueden distinguir los granos, los tienes delante de ti, pero difícilmente podrás diferenciarlos.

Ella estaba ahí, formando parte de ese todo, pero a la vez siendo una división minúscula de ésta materia que forma parte de nosotros, pero que muchas veces no podemos ver.

Yo tenía su luz grabada detrás de mi retina.


No hay ninguna parte de nosotros que muera, sólo cambia.

Nos volvimos a ver un 21 de agosto, esa misma tarde abracé su silueta y nos besamos, en ese instante dejé de correr.

Ya no necesitaba más adjetivos para ponerle a esos momentos vividos, ese nuevo hombre que yo intentaba crear no necesitó nacer.

Y en todo este tiempo que llevamos juntos he aprendido a escucharme a mí mismo en cada una de sus juveniles risas, he visto que siempre viajamos y que no es posible detenerse.

Al igual que los aviones dejamos una estela detrás de nosotros, pero ésta no debe contaminarnos, solamente debe indicarnos que vamos hacia delante y debe advertirnos que no debemos pasar por ese mismo punto del cielo de nuevo.

El tiempo sólo dice que día será mañana, no hay ninguna brújula para buscar el destino.

Ella me dio las letras de esa pequeña palabra para escribir en las sombras de mi ser y así rellenar todo ese vacío.

A veces estamos ciegos, desnudos y sordos entre tantas cosas inútiles, ella no las tenía, ni siquiera las conocía.

Me hizo ver que a veces la solución más sencilla es la correcta, pensar demasiado multiplica los motivos.

El amor a veces deja vapor, bruma y dioses muertos a su paso, creando mentiras que atan hasta ahogar, no hay una única verdad y nadie la posee.

A veces sólo se necesitan un par de brazos para desplazar las fronteras, a veces la soledad seca la locura y la tristeza.

¿Cuál es la pregunta?, ¿cuál es la respuesta?.

No hay una sola…

Yo sólo puedo decir que ella fue, es y será la respuesta del cielo que nos une y nos separa.

FIN

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